dimarts, 29 d’agost del 2023

Reflexions de l'equip de Santa Anna i Santa Maria

TEXTO PARA EL MEMORIAL DEL INSTITUTO MENTAL

Reflexiones y comentarios en torno a nuestra experiencia en el Instituto Mental de la Santa Cruz y de San Pablo: Pabellones de Sta. Ana y Sta. María, 1971 a 1973.

(Texto colectivo elaborado, por el grupo de personas que más abajo se citan, en reuniones mantenidas entre el año 2018 y el 2023, con un paréntesis de dos años por la pandemia que asoló el mundo)

1.- BREVE PRESENTACIÓN

En unas Jornadas organizadas por la Seccion del Memorial del Mental del Arxiu Historic de Roquetes Nou Barris y la Fundació Congrés Catalá de Salut Mental (FCCSM), celebradas en la sede del Districte de Nou Barris (localización del antiguo Instituto Mental de la Sta. Cruz y de San Pablo) en junio de 2018, nos encontramos, un poco por casualidad, Nuria, Neus, Alfredo y Ramón. Allí, Mercedes Hidalgo nos pidió una entrevista sobre nuestra participación en las Secciones de Sta. Ana y Sta. María del Instituto Mental, petición esta que movilizó el deseo de intentar localizar al máximo de personas que trabajaron en estas Secciones, reencontrarnos y ver si deseaban coparticipar en esta aportación, a lo que llaman “Memorial del Mental”. Nos pusimos manos a la obra y, después de varias reuniones en las que hemos llegado a participar un total de diez personas (Zacarias Henar, Montserrat Comas, Josep Mª Lahosa, Montse Virgili, Teresa Gomà y Montse Oliveras, además de los ya citados Núria Pi, Alfredo García, Neus Costes y Ramón García, aquí estamos dispuestos a exponer grupalmente algunos recuerdos, vivencias y comentarios sobre aquella experiencia en el Instituto Mental de la Santa Cruz y de San Pablo que se desarrolló entre 1.971 y 1.973 y que dejó en nuestras vidas, según hemos podido compartir, una huella indeleble.


2.- ASPECTOS BÁSICOS DEL PROYECTO

En las Secciones de Sta. Ana y Sta. María -ambas de mujeres, pero la 1ª de “enfermas agudas” y la 2ª de “crónicas”- se pretendía formar un solo Equipo Terapéutico para, de punto de partida, romper con la separación impuesta por la Psiquiatría tradicional entre enfermos agudos y crónicos. Junto a ello, y desde el primer momento, se intentó, por una parte, minimizar la violencia y la exclusión social en las que las internas se encontraban y, por otra, acoger las necesidades de las mismas (médicas, físicas, emocionales…), al tiempo que comprender, también, las de sus familias y del propio Equipo. Acogimiento y comprensión, estos, que nos permitirían ofrecer nuevos marcos y elementos socializadores, dentro y fuera de la institución.

La experiencia se fundamentó sobre dos pilares básicos, a saber: dar la palabra a las enfermas y la toma de la palabra por parte de todo el personal … y su confluencia en una relación deseada.


2,1.- Dar la palabra a las enfermas: pasar de tratarlas como objetos a tratarlas como sujetos.

La consideración de que el internado es antes que enfermo una persona y que, como tal, merece un profundo respeto y un exquisito trato en la relación terapéutica, conllevaba en la práctica tres consecuencias -al menos- de gran trascendencia psiquiátrica (o mejor sería decir “antipsiquiátrica”), a saber: la eliminación del diagnóstico como etiqueta identificatoria; plantear el delirio como exponente de vida y no de pura y exclusiva patología y un uso novedoso de la medicación abandonando su empleo como medio de contención (camisa de fuerza química), personalizando al máximo sus dosis e intentando la colaboración activa (corresponsabilización) del enfermo o enferma en su prescripción y en sus tomas.

En ese mundo (el manicomio y especialmente su pabellón de castigo) con el que nos encontramos, una auténtica cárcel de encierro en condiciones infrahumanas, construido a base de órdenes, mandatos, cadenas y cierre a cal y canto que tiene como efecto un hedor característico, gritos, balbuceos, babas, obediencias impuestas, estereotipias repetidas una y otra vez… y ni una conversación, ni una sola conversación. Una de las imágenes más cotidianas que recordamos era el permanente deambular de las enfermas en solitario por el patio del Pabellón de Sta. María. No hablaban entre ellas. Nadie las acompañaba. La soledad, para cada una de ellas, se había convertido en su única compañía.

En ese mundo, decimos, en el que la única salida del pabellón era para ir a la iglesia a las cinco de la tarde en perfecta fila india, el estimular que fluya la palabra e intentar una escucha activa, es decir, sentir que lo que “el otro” dice o intenta balbucear adquiere sentido, aunque esté expresado de manera fragmentada y “loca”, implica estar disponible al fluir de cada día, acontezca lo que acontezca, y estar disponible, además, a que ello te ponga en crisis.

Y descubrimos la capacidad ilimitada de subsistir del ser humano, comenzamos a saber discriminar que el “NINU…NINU” de C.D. en un inicio era de dolor, era un grito desgarrador, era la más absoluta soledad y, aunque nunca llegamos a escuchar otras palabras, la cadencia y el sentimiento en la voz y la expresión corporal de ese “NINU…NINU”, nos iban transmitiendo, con el tiempo, afecto, cariño, alegría; sí, alegría: la suya y la nuestra. Y también notábamos que aprendíamos de ellas: las más mayores nos hablaban de sexo, de hombres… ¡ qué cosa! ! qué fuerte! ¿no?

Desde el primer momento abrimos las puertas (especialmente de aquella sección de Sta. María que llevaba tanto tiempo cerrada) y quedó descartado todo tipo de dispositivo de contención, al mismo tiempo que, coexistiendo con el sufrimiento, el dolor y los efectos de los problemas derivados de la enfermedad, empezamos a propiciar las incursiones en otros pabellones (tanto de hombres como de mujeres) y abrimos el nuestro a toda persona que deseara visitarnos, relacionarse o compartir alguna actividad. Y comprobamos que, curiosamente, en esos momentos en que se producía una libre relación “de persona a persona”, disminuían las situaciones de crisis y se normalizaba casi totalmente el comportamiento.

Y tanto en una como en otra sección (Sta. Ana y Sta. María) estimulamos el contacto y las entrevistas con los familiares con el fin, por una parte, de romper con el modelo institucionalizador que imponía el régimen manicomial y permitir, por otra, que, con el tiempo, fueran emergiendo los motivos explícitos e implícitos de muchos ingresos.

Abundaban, igualmente, las salidas al exterior de las enfermas, acompañadas por algún miembro del personal: unas salidas se hacían con el fin de mantener una permanente conexión con el entorno del barrio en el que el manicomio estaba ubicado e intentando una coparticipación de profesionales y usuarios a un nivel no jerárquico y minimizando al máximo la diferencia sano/enfermo; otras, con el fin de desarrollar diversas actividades normalizadas (cine, peluquería, pequeñas excursiones… ) y, otras más, con el fin de mantener en unos casos, o intentar recuperar en otros, el contacto con el barrio o el pueblo del que la enferma procedía.

Y estaban, por último, las cada vez más frecuentes salidas en solitario de aquellas internas con el “pase verde”, que firmaba el médico de la sección de acuerdo con el equipo.


2,2.- La toma de la palabra por parte de todo el personal: la importancia del equipo.

Dar y tomar la palabra en cualquier momento y por parte de todos, con independencia de cuál fuera el rango de su puesto de trabajo: jefe de servicio, médico residente, enfermera, cuidador, psicólogo, trabajadora social o persona en prácticas… Y es que partíamos de una noción de Equipo en la que la disolución de los rangos y jerarquías preestablecidas era un elemento esencial y, en consecuencia, las reuniones de Equipo deberían basarse en la voz, las vivencias y las experiencias de todos y cada uno.

En esta línea, y de manera muy intuitiva, fuimos construyendo un equipo en el que, al comentar casos, ingresos, incidentes, etc., nos dábamos cuenta de que cada persona tenía una función distinta, más o menos igualada en importancia y, a su vez, complementaria. Esto hizo posible que todos nos sintiéramos protagonistas y facilitó el que pudiéramos emprender un camino con objetivos comunes y más claros. Nuestras palabras clave empezaron a ser “compartir” e “interdependencia”: el Equipo éramos todos, todos pertenecíamos a él y el equipo nos pertenecía a todos. Hoy hablaríamos de sinergias.

En este contexto, la realización de frecuentes sesiones clínicas con la participación, por supuesto, de todo el equipo y en las que se hablaba del quehacer de cada día, de nuestras relaciones con las enfermas, de las cuestiones que éstas o sus familiares planteaban, de los posibles sentidos de los síntomas (delirio, alucinaciones, trastornos de conducta…) tuvieron también una gran importancia.

Igualmente importante fue, para la positiva dinámica que describimos, el hecho de que el grupo estuviera formado por gente muy joven, con ganas de cambio y de desarrollar nuevos proyectos y, en su mayoría, recién incorporada al mundo de la psiquiatría y, por tanto, libre de vicios profesionales y deformaciones institucionalizadoras. Por otra parte, la politización de una buena parte de ellos y la adscripción de algunos a grupos políticos concretos (recuérdese que estábamos en pleno “tardofranquismo”) fue un factor permanente de animación y, en los momentos más críticos del conflicto, de movilización solidaria a favor de nuestras reivindicaciones. Dicho esto, debemos añadir con absoluta convicción que nunca nuestra afiliación ideológica entró en colisión con lo que sabíamos que era nuestro esencial cometido, esto es: el respeto y la atención a los pacientes a nuestro cargo.


2,3.- Y este doble uso de la palabra (el “darla” y el “tomarla”) iba confluyendo en una relación deseada, de modo que fue quedando claro, en la práctica, que toda relación no podía sino establecerse a partir del libre juego de aficiones, gustos, necesidades y deseos de los que se sintiesen comprometidos en ella (se llamasen enfermos o enfermeros, médicos, psicólogos o cuidadores…). Y así se podía ver habitualmente quien, casi sin proponérselo, hacía su “reunión” formando un grupo alrededor de la guitarra o de la flauta; quienes charlaban en un rincón; quienes jugaban a “tres en raya”; quien, solo o en compañía, salía a pasear por las calles; quienes iban a charlar al bar de la esquina… o incluso quienes - enfermos y personal- organizaban, en una ocasión, una inolvidable fiesta o, en otra, una semana de Colonia de vacaciones en un caserón prestado de Las Guillerías.


3.- DIFICULTADES Y DESENCADENANTES DEL CONFLICTO

La concatenación de una serie de circunstancias y de hechos hizo imposible la continuidad de la experiencia y la abocaron al conflicto definitivo: encierro, apertura de expedientes y despidos.

La finalidad del manicomio -decía, textualmente, en una de las asambleas del Club Social, un enfermo con once años de internamiento- es reducir la capacidad del enfermo a su mínima expresión. Esto es un cementerio de vivos”, concluía. Y bien podría decirse que nuestra práctica cotidiana fue, precisamente y desde el primer momento, un intento de ir eliminando uno tras otro los signos de muerte que ese cementerio representaba: el autoritarismo, la jerarquía, la disciplina, la rigidez normativa de los horarios, la obligada ordenación de la vida cotidiana, los tratamientos castigo, el trabajo forzado, el encierro…

Y todo ello, junto a aquellos otros planteamientos básicos que dirigían nuestras prácticas y de los que hemos hablado anteriormente (“darle la palabra al enfermo” y “la igualdad entre los miembros del equipo”, fundamentalmente, pero también, por ejemplo, nuestra tajante negativa a la separación entre “agudos” y “crónicos”) chocaron muy pronto con la mentalidad de una gran parte de la institución que no quiso o no pudo asumirlos. La profunda renovación que planteábamos, esas nuevas maneras de enfrentar viejos y crónicos problemas, trajo enconadas luchas internas entre paradigmas, tal como se hacía evidente en las asambleas, y, progresivamente, el movimiento de renovación de Sta. Ana y Sta. María fue quedando aislado dentro de la institución: unos lo veían contrario a sus intereses, otros lo miraban con mucho interés pero tenían miedo de ser represaliados o aislados en su sección…Sea como fuere, lo cierto es que nosotros no encontramos la manera de que fuera compartido por el grueso de la institución.

Pues bien, con este caldo de cultivo intrainstitucional, y siendo así que la M.I.A. (Muy Ilustre Administración que regía los destinos del Instituto Mental y del Hospital de San Pablo) estaba dispuesta a acometer la segunda y definitiva fase del proceso de especulación inmobiliaria que, iniciado en los últimos años sesenta, había procedido ya a la demolición de la mitad del antiguo edificio del Instituto Mental y a la construcción, en su lugar, de varios bloques de viviendas, y siendo así, por otra parte, que el llevarlo a término representaba una auténtica tragedia para los 420 enfermos que en 1972 habitaban en el Instituto…, nuestra oposición clara y contundente a que esto se produjese nos llevó a un abierto y permanente enfrentamiento con la M.I.A.

En esta situación de máxima tensión se produjeron, además, unos cuantos acontecimientos que, por afectar muy seriamente a algunos de los principios básicos sobre los que se fundamentaba nuestro proyecto, nos alarmaron especialmente y que, en consecuencia, deben ser considerados como desencadenantes del conflicto definitivo, a saber: la prohibición por parte de la dirección médica del permiso de salida (“el pase verde”) a una paciente de la sección de Santa María en contra de la opinión del médico encargado de firmar tales pases y del criterio, perfectamente argumentado, de todo el equipo. O que el director médico ( el día 2 de noviembre de 1972), siguiendo órdenes de la M.I.A. y acompañado de la policía, procediese a cerrar el Club Social en el que había convocada, esa tarde, una reunión con las personas internadas y sus familiares; o también que, poco después, la M.I.A., de acuerdo con la dirección médica, decidiese mandar a la Brigada Político Social (BPS) a los domicilios de tres profesionales con el fin de llevarlos a la comisaría para ser interrogados o, por último, la gota que colmó el vaso: el despido de dos miembros de nuestro equipo aduciendo unas ridículas “ faltas de puntualidad en los horarios” ( en total no llegaban a tres horas en el mes entero) referidas precisamente a aquel mes que, por una serie de circunstancias, el conjunto del equipo había trabajado quinientas horas más de las estipuladas en los contratos. Sí: le habíamos regalado a la Administración ¡quinientas horas de nuestro trabajo! Y, como se demostró judicialmente, los despidos fueron declarados improcedentes.

En esas circunstancias, y ante esos dos despidos, diecinueve personas decidimos encerrarnos como acto de protesta y, después de quince días de encierro, fuimos expulsados de la institución; el conflicto se había abierto, así, a la luz del día. Era enero de 1973 y en el mismo mes del año siguiente se realizaban los últimos actos públicos de denuncia de aquella situación.


4.-REPERCUSION MEDIÁTICA Y SOCIAL DE LA EXPERIENCIA

Antes que nada diremos que la experiencia desarrollada en el instituto Mental estuvo, desde su inicio, conectada con grupos y redes locales (se contaba con la participación de algunos de los profesionales del equipo -los que tenían más años y más experiencia- en la tertulia del Grupo de Psiquiatras Progresistas de Barcelona o, más esporádicamente, en la clandestina Mesa de Hospitales y, permanentemente, en la programación de los actos públicos de la Academia de Ciencias Médicas, de la que el doctor Jaén era uno de sus miembros destacados…), y conectada, también, con grupos y redes nacionales (algunos de los miembros del equipo eran cofundadores de la denominada Coordinadora Psiquiátrica Nacional, a través de la cual se mantenía relación con un buen número de hospitales psiquiátricos de toda España) e internacionales: uno de los componentes del Equipo del “Mental” era cofundador del llamado coloquialmente Grupo Internacional del Mapa de la Vergüenza liderado por Franco Basaglia, que, por cierto, compartió personalmente, al igual que Robert y François Castel (miembros también de ese Grupo) y los psiquiatras del Hospital Psiquiátrico de Trieste, Luciano Carrino y Franco Rotelli, compartieron -decíamos- nuestro trabajo en el Instituto, visitándonos personalmente. Por otra parte, varios componentes de nuestro equipo viajaron a Trieste, cuna, en ese momento, del movimiento antipsiquiátrico italiano.

Pues bien, dicho esto, añadiremos que una vez despedidos, y ya en la calle, montamos nuestro “cuartel general“ en un piso que unos amigos nos dejaron en la C/ Menéndez Pelayo (hoy Torrent de l’Olla) tocando a Córcega. De nuestra actividad allí fue fiel reflejo la enorme repercusión mediática del conflicto (desde aquel amplio dossier internacional de Liberation hasta las páginas de Vázquez Montalbán en la revista Triunfo, pasando por Sábado Gráfico y el goteo constante en la prensa catalana a lo largo de todo el año 1973) y el gran número de escritos de solidaridad que recibimos: desde el largo telegrama que a los encerrados nos remitió el Equipo del Hospital Psiquiátrico de Trieste dirigido por Franco Basaglia hasta la carta de una serie de personalidades francesas encabezadas por la firma de Michel Foucault, pasando por el Comité organizador del Congreso de Medicina y Progreso Social de Marburgo (Alemania), la Junta directiva de la Asociación holandesa de Psiquiatría, un amplio grupo de psiquiatras y sociólogos de la Universidad de Vinçennes (París), la Redacción de la revista Fogli Informazione (Milán) y un gran número de colectivos y hospitales de Francia, Alemania, Italia, Inglaterra y, por supuesto, España.

Desde aquel piso, también, promovimos unos cuantos viajes por la geografía española en los que visitamos un buen número de hospitales psiquiátricos, abriendo o consolidando contactos con otros grupos de profesionales, al tiempo que comprobando que, desgraciadamente, la lamentable situación que vivían los enfermos y enfermas del Instituto Mental no era única y excepcional sino más bien la regla generalizada en el funcionamiento manicomial. Tuvimos ocasión, así, de presenciar, en aquellos viajes, algunas secuencias tan inolvidables como las vividas en el Instituto Mental.

Y desde ese mismo piso de la antigua calle Menéndez Pelayo, y en colaboración con los ya citados Grupo Internacional del Mapa de la Vergüenza y la Coordinadora Psiquiátrica Nacional, organizamos también aquel exitoso Encuentro Internacional que celebramos en Barcelona en junio de 1973 con, por una parte, sus reuniones a puerta cerrada (necesariamente clandestinas, aunque masivas) en la Escuela C.E.B., que dirigía una persona allegada a nuestro grupo, y, por otra, los sucesivos actos públicos avalados por la Academia de Ciencias Médicas y celebrados en el salón de actos del Colegio de Médicos.

E, igualmente, con nuestra incesante actividad de aquellos meses se consiguió que el Congreso de la Asociación Española de Neuropsiquiatría celebrado en Valladolid en octubre de 1973, forzado por un Manifiesto firmado por 109 profesionales de toda España allí presentes, dedicara gran parte de sus sesiones y su Asamblea General al conflicto del Instituto Mental de la Sta. Cruz y a la situación de los despedidos además de crear oficialmente una Comisión de investigación para que, en nombre de la A.E.N. estudiara “in situ” la realidad de dicho conflicto. Cosas estas que, por supuesto, trajeron cola.

Otro momento hito de todo este proceso fue, sin duda, la sentencia nº 408 de la Magistratura de Trabajo nº1 de Barcelona de fecha 27/09/73 que ponía fin al último de los expedientes (el de Ramón García, Médico jefe de la Sección de Sta. María) y que, dadas sus características, reforzó en gran medida los planteamientos que, como grupo, veníamos defendiendo y ayudó, así, a consolidar el movimiento que, con nuestras prácticas y con el encierro, había surgido. La sentencia declaraba “Improcedente” el despido y decía textualmente lo siguiente: “Que en cuanto al fondo del asunto de la carta de despido y de la lectura del expediente disciplinario, sustancialmente fundamenta la empresa la sanción impuesta al demandante en la desobediencia a sus superiores y la consiguiente indisciplina al negarse a cumplir las órdenes de los mismos. Pero aun partiendo del supuesto, plenamente probado en juicio, de que el actor al menos los días 3 y 4 de enero de 1973 desobedeció las órdenes expresas de sus superiores tendentes a que cesara en su actitud de encierro, no pueden olvidarse las motivaciones, en principio saludables, que le impulsaron a adoptar su decisión, motivaciones inspiradas en un deseo de conseguir un mejor nivel de asistencia psiquiátrica en la institución, consciente de la grave problemática que aqueja a la mayoría de estos Centros en nuestro país y con la preocupación del posible abandono asistencial de la mayoría de los enfermos caso de derribarse totalmente el edificio, en parte de cuyos terrenos, ya enajenados, han sido construidas viviendas”.

Todo lo vivido entonces es lo que nos permite que hoy -con tantos años de perspectiva- podamos decir sin temor a equivocarnos que la experiencia del Instituto Mental tuvo, por una parte, una incidencia profunda en todos los que de ella participamos, tanto en el aspecto personal como en el profesional: fue una experiencia que “imprimió carácter” en todos y cada uno y que perduró en el tiempo. Por otra parte, la experiencia tuvo también una extraordinaria repercusión social: logró abrir un debate público y permanente sobre los derechos del Enfermo Mental y la necesaria ruptura con el régimen manicomial, al mismo tiempo que influyó en la práctica de muchos profesionales. Y es que la tal experiencia -podría decirse para terminar este escrito- representó un momento muy significativo en la construcción y transmisión de una nueva cultura psiquiátrica, contribuyendo de forma muy destacada a lo que, en palabras de Robert Castel, fue “la trasformación más decisiva realizada en el campo de la Medicina Mental durante la década de los 70, esto es: un retroceso de lo que se podría llamar el “racismo antiloco”, una de las formas más profundamente enraizadas de la diferencia”


Concluido ya nuestro Escrito, queremos expresar colectivamente, tal como, por otra parte, lo hace personalmente Neus Costes en uno de sus textos, nuestro cariñoso recuerdo a los compañeros y compañeras que colaboraron con nosotros en aquella experiencia y que han fallecido: el Dr. Jaén, nuestro jefe de Servicio; Ana Seró, psiquiatra voluntaria; Enric Garriga y Montse Mestres, cuidador y cuidadora; la trabajadora social Concha Eugui y Lluís Torrent, psiquiatra y colaborador esporádico. Un recuerdo que quiere ser cariñoso, sí, pero, también, agradecido por lo mucho y bueno que esas personas aportaron a aquella experiencia y la importancia que su amistad y compañía tuvo en nuestras vidas.

Y queremos añadir, por último, que en los encuentros mantenidos durante estos últimos años hemos recordado -también cariñosamente- a otras y otros compañeros que con nosotros trabajaron en aquella experiencia: la médica residente, Joanna Alegret; el psicólogo, Bernardino Martorell; la enfermera, Bàrbara Genovart; la trabajadora social, Teresa Xufré; las cuidadoras Pepa Ardèvol y Petra Antich; el entonces estudiante y colaborador voluntario, Gabriel Tortella..., que, aunque ausentes todos ellos de nuestros encuentros, siguen presentes en nuestro recuerdo porque, con su contribución activa y cotidiana, ayudaron a que aquella experiencia inolvidable fuera una realidad. A ellos, también, nuestro agradecimiento.


Barcelona, junio de 2023

ANEXO ÚNICO

IMPRONTAS Y RECUERDOS PERSONALIZADOS

Recogemos aquí los textos que la práctica totalidad de las personas que han participado en la elaboración del Escrito central han hecho llegar al grupo, en uno u otro momento del tiempo que ha durado esta primera fase de nuestros encuentros (años 2018 a 2023).

 

El 24 de enero de 2019, Montse Virgili remitía, desde Olot, unas páginas que titulaba Els meus records. Institut Mental de la Santa Creu i Sant Pau y que decían así:

Entro a formar part de l’equip del Mental procedent de l’Escola d’Educadors, en la qual feia una formació del primer curs en la tercera promoció, i se’ns va proposar d’entrar a formar part d’aquest projecte; després d’un interrogatori amb el psicòleg i en ser acceptada, comença l’any 1971 aquesta experiència quan tenia 19 anys. Em pregunto i m’he preguntat al llarg de la meva vida: estava preparada per afrontar tot el que vàrem viure? Tenia la suficient formació per donar tot el que necessitaven els usuaris d’aquell centre, per compartir amb l’equip educatiu els objectius que ens vàrem proposar, dins un règim repressiu, tancat i autoritari?

Allà estàvem tot un grup de persones, la gran majoria molt joves, amb unes ganes enormes de veure un somriure en les cares d’aquelles persones que no tenien res més a fer que veure passar les hores, i aquest va ser el motiu pel qual al cap d’un temps se’ns va acomiadar, per donar aquesta obertura, per donar la possibilitat que ells/es mateixos/es es poguessin manifestar sense por a represàlies, a medicació innecessària (en alguns casos) i a ser tractats com a persones i no com a malalts.

Es va aconseguir en una bona part que les dones poguessin sortir, soles algunes, d’altres acompanyades, fent l’un a un amb l’educador/a o bé en grup. Es feien reunions d’equip, amb el psiquiatre, psicòleg, assistents socials i educadors, consensuant la individualitat de cada persona, juntament amb familiars; tasca difícil, ja que no sempre s’accepta que se’ls doni aquesta obertura.

Sortim al carrer, pel barri, pels voltants de l’Institut Mental. Se’ns coneix, s’interactua amb la gent; no sempre és fàcil.

Aquest afany de canvi, d’evolució, de trencar motlles, de retirar monges i bates blanques, tot per l’usuari, pels pacients, té conseqüències que acaben amb l’acomiadament de personal de les seccions de Santa Anna i Santa Maria, progressivament, començant per una parella, per falta de puntualitat. La “MIA” (Muy Ilustre Administración) no va saber trobar res millor per justificar-ho.

Seguidament ens vam unir per manifestar al públic tot el procés d’acomiadaments i de repressió dins el centre, fent assemblees, tancades, i al final els judicis, que es varen guanyar per acomiadaments improcedents. Un cop sense feina ens vàrem repartir per grups i, fent cotxes de quatre, recorreguérem la geografia espanyola, per donar coneixement de la situació actual de l’Institut Mental i la repressió psiquiàtrica i conèixer altres centres. Va ser una experiència enriquidora i al mateix temps impactant i depriment, ja que part dels centres que vàrem visitar, sempre camuflats per no ser identificats com els rebels del Mental, eren d’una repressió, descuit i falta d’humanitat impressionant.

Tinc un record, d’un temps posterior a l’acomiadament. Jo vivia molt a prop del Mental. Passejant pel carrer em vaig trobar un grup de dones, amb educadors que ja no coneixia. M’hi apropo per saludar-les i una d’elles, la P., de cop es gira, em mira i em dona una solemne bufetada. El meu ensurt va ser tal, que no vaig saber què dir, saludo i segueixo el meu camí. Com es tradueix aquell acte? Estava enfadada perquè l’havia abandonat. Ella i jo havíem connectat.

Una anècdota: l’ingrés temporal d’una noia d’uns 20 anys, el 1972, persona amb un diagnòstic difícil de definir, desestructurada, venint d’un seguit d’institucions, sense acabar de trobar l’adequat per a ella... Tot això ha fet que al llarg de la vida hàgim anat coincidint i ara viu a la meva ciutat, sola, independent, autònoma, ha fet cangurs als fills d’amics meus, no per mi sinó per coincidència, sota la supervisió dels seus germans, i puntualment ens veiem per compartir un cafè soles o amb familiars que ens han unit en la nostra trajectòria. Quan em veu, sempre somriu, recordant les nostres vivències.

Torna a nosaltres després de 48 anys el record d’aquell temps viscut. Molt emocionant el retrobament. Amb alguns/es hem seguit en contacte, amb d’altres des d’aleshores no ens havíem vist més. Serà un tornar al passat, portant cadascun de nosaltres una motxilla plena de records i vivències per compartir.

Va ser una experiència única, l’entrada al centre. Al principi, dius: on estic? On m’he ficat? Seguim amb conèixer els companys, tots diferents, complexos, intrigants, divertits i, el més important, apassionats per aconseguir una evolució i un canvi en aquesta institució repressiva i tancada; després els usuaris, quina gent més interessant, quines vides, quines ganes d’entrar en el seu món desconegut per entendre les seves inquietuds.

Resultat d’aquesta experiència: aprendre a compartir, a treballar en equip, a penetrar dins del món de la discapacitat mental, a conèixer els seus límits i poder aportar els coneixements per fer més fàcil la seva vida. Un gran aprenentatge del que ells/es ens aporten.

La meva trajectòria professional, amb alguna pausa de descans, sempre ha estat relacionada amb l’educació especial.

M’he jubilat als 65 anys, després de 23 a la Fundació Autisme Mas Casadevall (FAMC) de Serinyà, Banyoles, amb usuaris a partir dels 18 anys, com a educadora. Durant 8 anys he treballat com a coordinadora d’una de les llars d’habitatge del centre, amb la finalitat de donar suport de lloc de vida i de treball a les persones joves i adultes de Catalunya amb trastorns de l’espectre autista. Amb la divisa que acompanya el nom del centre: educant una conducta independent.

He gaudit treballant com a educadora, he donat tot el que pogut i he rebut tant i tant de tot i de tots/es, que estic agraïda i satisfeta. Què més puc demanar!

Atentament,

Montse Virgili

Olot, 24/1/2019


En febrero de 2020, Teresa Gomà y Montse Oliveras nos hacían llegar una carta con sus recuerdos; hela aquí:

Barcelona, Febrer del 2020

La Montserrat Oliveras i jo érem estudiants de 5è de Psicologia a l’ Autònoma quan va venir el Ramón García a donar una xerrada sobre Antipsiquiatria i va parlar de la feina que estaven fent un equip de gent, uns professionals i d’altres no, a l’ Hospital Mental. Ens va interessar tant el que explicava que li vam demanar per anar a fer-hi les pràctiques de Psicologia Clínica. Ell ho va consultar amb l’equip i al mes de Setembre vam entrar les dues al “Mental”.

Pràctiques breus però intenses:

Breus perquè als tres mesos ja ens havien acomiadat amb una notificació en la que ens comunicaven que no poséssim mai més els peus en aquella institució. Cas de fer-ho, avisarien a la policia.

Intenses perquè des del primer moment ens vam integrar en totes les activitats que es feien i així vam establir una relació molt directe amb les malaltes i amb tot l’ equip.

Quan vam entrar al Mental els grans canvis ja s’ havien fet: obertura de portes, deslligar a les malaltes del llit, crear les condicions per a que poguessin decidir sobre múltiples aspectes de la seva vida, etc...

Per nosaltres, en aquell moment, el Mental va ser un espai de llibertat on poder qüestionar-ho tot. La visió d’aquell món posava en qüestió el nostre propi. Els mecanismes del poder que allí eren tan clars no quedaven gaire lluny dels que utilitzava el poder fora d’ aquelles parets. Ho miràvem molt tot i ens fèiem infinitat de preguntes per a trobar respostes que ens ajudessin a millorar les situacions que viviem... Al contrari del què passava a la Facultat on les preguntes que ens fèiem tenien les mateixes respostes de sempre.

Poder participar a les reunions que feia tot l’ equip per parlar del dia a dia de les malaltes i dels comportaments que se’n derivaven, veure la realitat que vivien i com, a mida que es modificaven les situacions, es normalitzaven el comportaments, va ser un aprenentatge per a sempre més. Era la primera vegada que participàvem en un grup que es plantejava donar la volta a les situacions sense por del què passaria. L’ important era eliminar els obstacles que havien permès enterrar en vida a totes aquelles dones.

Teresa Gomà i Montse Oliveras

 

En diferentes momentos de la larga temporada de encuentros a la que estamos haciendo referencia, Neus Costes, desde Barcelona, compartió con el grupo su “Primera impressió d’entrada al Mental”, el escrito “Homenatge a les persones internades: Bolet” y un recordatorio, que todos compartimos, de las compañeras y compañeros fallecidos. Al final de la andadura (mayo de 2023), completó su personal contribución haciéndonos llegar la “Empremta de la meva experiència al Mental”. He aquí, estos diversos textos:

 Neus Costes

Primera impressió d’entrada al Mental

Potser per la meva anterior experiència de voluntariat en una altra institució on les portes tancades amb clau i els crits i els plors eren habituals, l’entrada a l’Institut Mental no va ser tan impactant.

El primer dia que vaig entrar a Santa Anna, en Bernardí Martorell estava fent una reunió amb les malaltes de la Secció. Asseguts en rotllana, parlaven. Se’m va invitar a seure amb ells i a participar-hi. Vaig trigar uns moments a situar-me de qui era malalt i qui personal cuidador.

De bon inici, em vaig sentir cridada a participar, escoltada, guiada amablement i acollida en les mil preguntes amb què jo bombardejava el Dr. Jaén i el Dr. Garcia.

El sentiment va ser de ser membre d’un equip en formació, d’un equip que pretenia acollir emocionalment les malaltes i les seves necessitats i oferir un treball terapèutic en constant evolució.

Homenatge a les persones internades: Bolet

Voldríem fer un petit homenatge a en Bolet i als malalts i malaltes amb qui vam compartir aquell moment.

Quan vam obrir el pati de Santa Anna i Santa Maria a les malaltes i malalts de tot l’Institut, com a lloc de trobada i socialització, es van anar produint progressivament trobades de malalts per cantar, parlar, escoltar, per mirar-nos i per compartir la soledat. En Bolet no hi faltava. Amb el seu acordió o amb la guitarra, cantava, animava, provocava somriures,

aplaudiments i alguna ballaruca. Acollia tothom i també se sentia acollit. També ens recitava els seus poemes, que de vegades duia escrits. Gràcies a això, avui en podem llegir un. T’agraïm, Bolet, que ens fessis compartir tan bones estones.


Poema d’en Bolet


Con mis lentas agonías

Y mis vientos audaces, no benignos,

Voy quebrando uno a uno desafíos

De gente anodina y malparida.

Voy portando de mis labios las palabras

Y rompiendo en su camino hipocresías

Que, poniendo zancadillas con veneno,

Recortaron, ya ha de eso, su caudal.

Quiero que en mi voz orgullo quede

Y mi sino solo sienta su bondad.

Con bondades cadenciosas me parieron,

Con bondades cadenciosas moriré.

Reiré de mis labios adelante

Que mis labios con tristeza reirán

Mas ...

¿Y mi ser?

¿Qué podrá dar al traste

La amargura de tu ausencia

Muerte hermana?

Bolet

També ens agradaria recordar els companys i companyes de treball i vivències que ja no són amb nosaltres, com el Dr Jaén, l’Anna Seró, l’Enric Garriga, la Montse Mestres, la Concha Eugui, el Dr Lluís Torrent...

Empremta de la meva experiència al Mental

L’experiència viscuda a l’Institut Mental ha deixat sens dubte una sòlida empremta a la resta de les nostres vides. Un aprenentatge de reflexió i sensibilització envers el patiment i les dificultats de l’altre, que a l’hora d’exercir la meva professió ha marcat una dinàmica de comprensió, d’acolliment i de cerca constant d’estratègies i aprenentatges per gestionar totes les dificultats que has d’afrontar per fer bé la teva feina.

En el meu cas, he dirigit durant quaranta anys el projecte d’una llar d’infants i el desenvolupament d’un equip pedagògic per acollir tota mena d’infants, amb les seves problemàtiques particulars i les de les seves famílies. Una petita mostra en seria l’exemple: davant d’una baralla agressiva de dos nens per una joguina, un membre de l’equip pedagògic atenia i consolava el nen agredit i, alhora, una altra mestra consolava i atenia el nen agressor dient-li “ja t’entenc; no has pogut aguantar la teva ràbia. Ara ens tranquil·litzarem i pensarem maneres de fer perquè, quan et torni a passar no peguis ni facis mal a ningú”. Els nens i la mestra buscàvem habitualment les estratègies per resoldre aquestes situacions, sense culpabilitzar, acollint totes les emocions i trobàvem eines de comportament no conflictiu: tot el grup celebrava la descoberta a cada nova situació!

Neus Costes

Y, también desde Barcelona y en mayo de 2023, Ramón García nos hace llegar un recuerdo y una impronta en una nota que dice así:


Por mi parte hablaré de un recuerdo y diré algo, también, de esa cierta impronta que, sin duda, dejó en mí lo vivido en el “Mental”.

El recuerdo lo contaré a la manera en que ya lo hice, hace muchos años, en una conferencia que pronuncié en la U.I.M.P. de Valencia:

“…Estamos en el año 1.971. Escenario: un pabellón de castigo dentro del encierro manicomial cuya responsabilidad acepté con la idea expresa de llevar a la práctica una experiencia terapéutica fundamentada en el respeto a la libertad. El día en que me hice cargo del tal pabellón entré por aquellos anchos, altos y viejos pasillos hasta que di con una enorme puerta que me cortaba el paso; empujé, pero estaba cerrada. Oí rumores dentro y llamé; se hizo el silencio. Volví a llamar y escuché voces atropelladas en el interior. Desde fuera me presenté: - “Me llamo Ramón García y soy el médico que va a hacerse cargo de este pabellón... ábranme, por favor”. Al fin, alguien desde dentro me contestó: - “No podemos porque no tenemos la llave”. –“Y ¿quién la tiene?”, repliqué yo. Me dijeron el nombre de la monja; fui a buscarla y cuando, al fin, se abrió aquella puerta me encontré con una veintena de mujeres y dos de ellas atadas a sendas patas de una gran mesa fijada al suelo.

Era, sí, el Pabellón de Santa María del Instituto Mental de la Sta. Cruz y de S. Pablo de Barcelona…”. Y allí, nos pusimos a trabajar un minúsculo grupo de hombres y mujeres, de los que algunos y algunas, ¡qué suerte!, ahora, nos hemos vuelto a encontrar.

Y hablaré, también, de la impronta; sí, de esa huella, que algunos han calificado acertadamente de indeleble, que dejó en muchos de nosotros -y, desde luego en mí- aquella peculiar experiencia del Instituto Mental de la Santa Cruz. Porque lo cierto es que algunas de las cosas que allí, en aquellos dos rinconcitos de la Institución (las Secciones de Sta. Ana y Sta. María), un pequeño grupo de personas iniciamos y desarrollamos: el trabajo en Equipo, la escucha abierta y permanente del otro, la acogida incondicional y profundamente respetuosa de la persona enferma, los “pinitos” en el trabajo comunitario con el acompañamiento de las enfermas por el barrio y a sus casas o la Colonia de vacaciones en la Masía de las Guillerias… y tantas otras cosas que, adrede, dejo en el tintero, me han acompañado permanentemente en mi vida y han sido guía en todo mi trabajo profesional posterior: en el Hospital Psiquiátrico de Bétera, en el Servicio de Protección y Defensa del Menor de la Comunidad valenciana y, durante los últimos 25 años de carrera profesional y hasta mi jubilación en el 2.009, en el Área de Salud Mental nº.10 de la provincia de Valencia (Comarcas de la Ribera Alta y el Marquesado).

 

 Y, ya en junio, Josep María Lahosa nos remite los recuerdos y consideraciones que aquí transcribimos:


Son les 7 del matí d’algun dia de meitat del mes de marc de 1972 quan travesso, per primera vegada, una gran porta pesada que em permet accedir al Mental i a una de les experiències més rellevants per a mi, tant en l’esfera personal com professional. Mentre m’estava formant a l’Escola d’Educadors amb en Toni Julià, l’Isidre Bravo, l’Anna Gual i d’altres professionals, ens arriba la noticia i la proposta de treballar al Mental, una colla de nosaltres veiem una finestra d’oportunitat i ens hi llancem famolencs de copsar una experiència que de ben segur a tots i totes, a mi segur, ens impressiona i ens genera una enorme il·lusió i també neguit.

La meva experiència al Mental tot i curta -el full de la meva vida laboral diu que varen ser 345 dies-, va ser d’una intensitat aclaparadora, tant pel coneixement d’una realitat, la dels interns i les internes que superava tot allò que m’havia imaginat, com per les respostes que es donaven. Inicialment em varen destinar a una secció d’homes força institucionalitzats en la que la base del tractament era farmacològica, i on també es feia servir l’electroshock, al meu entendre més com a mètode de contenció que terapèutic; les diferencies amb el que creia que havia de ser el treball entre el personal i els interns varen generar que la meva etapa en aquella secció fos curta. Tenir coneixement de les propostes que es venien desenvolupant a Santa Anna i Santa Maria em varen decidir, si volia continuar treballant en l’àmbit psiquiàtric, demanar el trasllat.

El primer sentiment que vaig tenir quan em vaig presentar, crec que coincidint amb una reunió d’equip a un despatx força just de Santa Anna, va ser d’acolliment i benvinguda, per un equip ja consolidat, on es parlava i l’opinió de cadascú de nosaltres era tractada amb delicadesa, on precisament la paraula, directa o figurada, era el rovell de l’ou, el centre de tot el que traspuava el treball d’aquell equip que per altre banda venia desenvolupant una experiència força engrescadora.

Conèixer ambdues expressions del tractament psiquiàtric em permet, avui estar segur de com l’empatia amb l’altre, l’acceptació de com es construeixen les diferents realitats i vivències son bàsiques per transitar i construir espais de llibertat i reconeixement, 50 anys desprès aquell any de la meva vida continua essent un dels moments amb més força del que he tingut, i n’he tingut uns quants.


Si desprès de 50 anys reps una proposta de convocatòria per veure’ns i deixar constància de la nostra aportació i malauradament sols hi manquen aquells i aquelles que han traspassat, diu clarament com d’intens va ser el compromís, la tasca i la relació que vàrem poder teixir i com d’intensa ha estat la empremta que m’ha deixat.

Josep M. Lahosa

Juny 2023

Y, también en este junio de 2023, que se está mostrando tan productivo entre nosotros, Núria Pi nos envía el siguiente escrito:

¿Certezas inciertas?

Llegué al Mental en mayo del 71 para una plaza de cuidadora psiquiátrica y tras abrir una puerta cerrada a cal y canto desapareció la fragancia característica de la primavera y de repente, como en el túnel del tiempo, me adentraba en un paisaje de personas vestidas de beneficencia que daban vueltas y vueltas a un hermoso patio lleno de palmeras, sin parecer que aquello tuviera más intención que pasar el tiempo. En la palmera central durante bastante tiempo, un interno joven trepaba cada vez más alto mientras el personal sanitario esperaba su descenso con inyección en mano, y a más gritaban su nombre, “P. baja”, éste más subía.

Yo venía de la facultad de psicología, un mundo de expectativas y posibilidades, lleno de certezas en los libros y en boca de algunos profesores. Y de repente ¿era una certeza lo que veía y sentía? ¿una ensoñación? Parecía Fellini en esa escena “Voglio una dona…”. No era cine, ni un mal sueño, era un paisaje real y dantesco, una cárcel muy especial que sólo se merecía por el hecho de ser llamado loco. Ese estereotipo del loco del todo enajenado, de personas forzadas a una “monoidentidad”, prisioneras en ella y esta identidad única, anula y niega cualquier elemento de singularidad, de diferencia. Y por “lógica consecuencia” se es merecedor del deber de obedecer y de ningún derecho, sin voz, ni poder. Y así quizás es fácil que uno muera en vida o mate.

En la Sección de Mujeres de Santa María a la que fui destinada, las certezas se materializaban: de día con cadenas y correas atadas a los bancos, de tarde en fila india a la iglesia, de noche un ruido que se repetía de forma sincopada, pam , pam , pam .. era el cierre, llave en mano, de tristes habitáculos en el interior de la sección, tras una imponente puerta de entrada, como bien sabemos, cerrada a cal y canto.

Un mundo en el que las personas internas tenían que traspasar tres puertas como fauces de un cancerbero para salir acompañadas al barrio, en un intento de vivir una brizna de lo que era natural para los de fuera, como ir al bar, a la peluquería, de paseo, a la excursión, las colonias o al cine un domingo por la tarde. Con la convicción de ser sujeto, de ser tratado como sujeto, de sentirnos mutuamente bien, de reapropiación del pasado y del sentido de la propia vida.

Y toda esta vida se conjuntaba con ese mundo tan sugestivo, de equipo, de escucha activa y sincera, de apertura para recibir a personas internas y externas de otras secciones que venían a visitarnos, a conversar, a sentir el lamento y la alegría de una guitarra, con asambleas y encierros.

Y en una institución hecha para deshumanizar la vida y que emplea las energías en autoreproducirse cuestiones como la proximidad, la cercanía, el humor, la corporeidad, el ser llamadas por el nombre… implicaba correr el riesgo, siempre y en cualquier momento, de convertirse en situaciones subversivas, sin olvidar que, todos en el país, vivíamos bajo una dictadura. Y subversivas decidieron que debieron serlo, ya que el despido de la mayoría del equipo paralizó de cuajo esta bocanada de aire fresco, de libertad, ese sueño que sin permiso de Labordeta hubiéramos querido entonar… ”habrá un día en que todas al levantar la vista veremos en las puertas escrito libertad”.

Nosotros seguimos con nuestras vidas en plena juventud y muchas veces me pregunté ¿y ellas? ¿cómo debieron continuar sus vidas?

Las personas internas manifestaban sus emociones de formas desconocidas, que manifestaban muchas veces sufrimiento y sentía la necesidad de adentrarme en los misterios de los seres humanos y avanzar en las preguntas y respuestas que se daban frente a lo desconocido. ¿porque provocaban tanto miedo, tanto rechazo? ¿por qué apropiarse, cosificar el sufrimiento? ¿era necesario defendernos? ¿podíamos sostener otras formas que no fueran el control, la exclusión, la evitación …? La visita al hospital psiquiátrico de Trieste confirmó lo que ya sabíamos: que podíamos y la psicología me pareció un excelente campo para lo que estaba buscando. Eso sí, las certezas por suerte continuaron y continúan inciertas

Los años posteriores me llevaron a nuevos aprendizajes y experiencias en el trabajo clínico, en la terapia familiar, en el trabajo comunitario …y, en un momento u otro, iban a dar a una caja de resonancia, ¿dónde? al lugar del Mental.

Y en el centro de salud mental ya no había secciones, había equipos, no había cierres, era ambulatorio, ya había leyes en el país, intentábamos la accesibilidad al servicio, la autonomía, el trabajo con el entorno de la persona, el trabajo en red, la continuidad asistencial…vivencias y experiencias nuevas y, a su vez, aunque de otra manera, conocidas y vividas. Momentos, tampoco exentos de dificultades que me ayudaron a una práctica interactiva e individualizada en los equipos, ligada al respeto, a intentar desestigmatizar, a empatizar con el sufrimiento, a incluir las familias, a crear conjuntamente las condiciones para que quienes consultaban tomaran sus propias decisiones o intuyeran una luz en el atasco, siempre con la idea de una atención integral e integrada en el territorio.

Y de fondo nos planteamos una reflexión ¿las reglas de juego habían cambiado?

Y a este camino tan apasionante y a su vez, lento, a veces cansino y arduo, aún le falta recorrido para esa alianza entre actores, disciplinas, servicios y recursos. Ánimos para los que vayan llegando.


Gracias al Dr. Jaén por su profesionalidad y cercanía,

Gracias a Ramón, al equipo, y a todos los que compartimos acuerdos y diferencias.

Gracias a la vida, como dice la canción de Violeta Parra “en el que el canto de ustedes (internas y familias) es el mismo canto y el canto de todos es mi propio canto”.

Gracias al Memorial por plantearnos recoger la experiencia.

Núria Pi

Finalmente, Zacarías Henar nos hace llegar su particular Empremta:

EMPREMTA DE L’EXPERIÈNCIA


Sempre he pensat que si no haguéssim treballat a l’IINSTITUT MENTAL seríem unes persones diferents. El contacte amb les dones internades a les seccions de Santa Anna i Santa Maria va refermar, d’una manera rotunda i indubtable, la nostra actitud crítica davant un model socioeconòmic que feia del manicomi, i per tant de la reclusió, del tancament i de la solitud, la única teràpia possible per a la considerada malaltia mental, fos aquesta aguda o crònica.

Conviure amb la bogeria et fa treure el cap al teu interior més profund i adonar-te’n que, en el fons, la diferència entre tu mateix, oficialment una persona sana, i el o la malalta, només és una qüestió de comportament, perquè la resta és molt semblant. Les seves pors són com les teves pors, les seves inquietuds són com les teves inquietuds i els seus somnis són com els teus somnis.

Per això, tractar a les malaltes com si no fossin persones no tenia, no té sentit. I això és el que vàrem intentar fer a les seccions de Santa Anna i Santa Maria de l’Institut Mental a començament dels anys 70 del segle passat. El nostre estil de funcionament es basava en el treball d’equip i en el lideratge compartit, conceptes actualment tan de moda en la planificació estratègica, els quals vàrem posar en pràctica molts anys abans d’una manera intuïtiva i com mecanisme necessari per endinsar-nos en l’abisme de la malaltia mental, intentar comprendre-la i, sobretot, estendre la mà a les malaltes per donar-les un lloc a on recolzar-se per a seguir endavant.

Crec, sincerament, que la relació amb les malaltes ens va fer madurar com a éssers humans i ens va fer millors persones. El model de convivència desenvolupat amb les internades ens va obrir interrogants que avui, cinquanta anys més tard, en molts casos encara no han obtingut resposta perquè, segurament, no en tenen, però, certament, ens va ajudar a saber-nos posar en el lloc de l’altre, especialment quan aquest altre pateix. I quan un és capaç de posar-se en el lloc dels que pateixen i actuar en conseqüència, està trobant el sentit de la vida i, per tant, el seu camí, perquè està canviant les coses-


Y aquí, señoras y señores del Memorial, termina este escrito que ha querido recoger las reflexiones, recuerdos, vivencias, ideas y emociones de un pequeño grupo de personas que fuimos una parte importante del alma de aquella experiencia del Instituto Mental de la Santa Cruz y de San Pablo y que, en un tiempo ya muy lejano (1971 a 1973), compuso, con sus acciones, entre otras muchas cosas, lo que quiso ser, y fue, un hermoso y sincero canto a la libertad.


Barcelona, junio de 2023

















 




 






 

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