dilluns, 25 de setembre del 2023


La psiquiatrización como respuesta a la crisis familiar: una historia de vida mínimizada y oculta.

Joana Alegret

El dolor del amor propio herido

construye trincheras.

Begoña Abad



Con Pepa Romero pertenecimos al grupo de personas que en 1972 fuimos contratadas para el Instituto Mental de la Santa Cruz y San Pablo (IM). Ignorábamos que tal trabajo nos dejaría a muchos una impronta indeleble. Baste decir que algunos de nosotros (Carmen Campo, Juan Luís Linares, Núria Pi, yo misma) hallamos la Terapia Familiar seguramente como fruto de ese momento. Remitirme a aquel entonces no tiene como meta su reconstrucción histórica, sino el intentar dar luz a historias poco conocidas de los que fuimos tripulación de ese barco. Me doy cuenta que, inconscientemente, he usado una metáfora que es la misma que escogió como título Comelles (2006), autor de uno de los pocos trabajos publicados que aluden a esa experiencia: Stultífera Navis.

Era insólito que algunos de los nuevos miembros del personal del IM tuvieran parientes ingresados
en una de las que, por cierto, también se llamaban naves. Hablamos casualmente de esos años con Pepa, y por su doble circunstancia, familiar y laboral, me pareció interesante pedirle que nos facilitara la conversación que sigue.

JA ¿Tenías allí un tío, verdad?

PR Si, Antonio, un hermano de mi padre. Lo ingresó mi abuelo cuando no tenía ni 20 años. Yo acompañaba a mi padre a las visitas. Mi padre llevaba tabaco porque, antes de llegar a la sala, a través de los patios, se acercaban a pedírselo los hombres que por allí deambulaban...Tengo muy claro ese recuerdo y también el de una sala de visitas enorme y destartalada...

JA ¿Recuerdas otras impresiones de esos momentos? 

PR Si, me extrañaba que aquella sala fuera como una especie de comedor. Las familias llevaban comida a los internos, a pesar de que no era la hora de comer; y había un letrero que prohibía darles cuchillos...También había unas escupideras blancas asquerosas. Yo sólo veía hombres; las mujeres estaban en otra nave y tampoco accedían al patio central... Mi padre y su hermano casi no hablaban, en todo caso mi padre le reñía por cualquier cosa. La visita finalizaba cuando mi tío había acabado de comer lo que le llevaba mi padre en las fiambreras...

También recuerdo que ese hermano era clandestino, en el sentido de que nunca se lo mencionaba a otras personas; era vergonzoso tener un hermano en el manicomio. Un día, a la salida del centro, mi padre se encontró a un conocido que iba a visitar a su esposa, creo, y ambos se quedaron muy cortados.

Algunos trabajadores seguían en el Mental cuando yo me incorporé. Evaristo, Vicente, cuidadores; el sr. Alemany, practicante. Estas personas eran muy amables y por eso las recordaba, en cambio nunca vi a ninguno de los curas que regentaban el manicomio...Y recordaba de entonces algún rostro de los ingresados. En realidad, yo sólo conocía el recorrido hasta la sala de visitas.


JA ¿Puedes seguir con tu relato de esas visitas?


PR Fui más asiduamente de los diez años a los catorce. “Hace tiempo que no hemos visto a Antonio; hemos de volver” decían en casa. Yo creo que mi padre no estimaba a su hermano. Se llevaban nueve años y mi padre era pequeño cuando ingresó. Entre medio de los dos había una hermana que nunca lo visitaba. Mi padre lo vivía como una obligación moral; le importaba poco la suerte de Antonio. En realidad, no tenían nada que decirse. Mi padre y su hermana se relacionaban con frecuencia, pero no recuerdo que hablasen nunca acerca del tercero.

Mi tío no tenía conmigo grandes conversaciones, sólo frases de cortesía….

Lo recuerdo como un hombre muy atildado, muy repeinado y con una enorme gabardina cuyos bolsillos abultados contenían variedad de objetos, especialmente estampitas, ya que era muy religioso. Hablaba con afectación, con un lenguaje relamido, se podría llamar cursi.


JA Cuando decías que tu padre le reñía, ¿viste si había alguna razón de conducta concreta?

PR Mi padre le recriminaba sus manías, por ejemplo, que llevase tantas cosas encima...Yo pienso que necesitaba justificar el encierro de por vida de su hermano. Realmente una situación muy dura. Ahora bien, igual que mi tío, había muchas personas allí condenadas para siempre. Yo nunca sentí miedo de nadie en esas visitas. Las personas eran pacíficas, supongo que muy medicadas y machacadas por años de humillaciones. Para mí ir al manicomio era un paseo entretenido...


JA ¿Conoces algo de las razones del ingreso? ¿Alguna vez se mencionaba algún término médico como explicación? ¿Viste el dossier de sus primeros tiempos?

PR Mi padre me explicó que su hermano tuvo una meningitis de pequeño y que en la adolescencia empezó a tener episodios de conductas extrañas que creaban muchos problemas. Por ejemplo, que tiraba cosas por el balcón o que le cortó con unas tijeras el vestido a una señora. Vivía en Gràcia con su padre, que era viudo. En la casa con él estaban los tres hijos: Antonio, la hermana, que se hacía cargo de la casa, y mi padre, que aún era niño. Mi abuelo dijo que no podía hacerse cargo de la situación y lo encerró.

Imagino que mi tío debía ser algo agresivo en aquel entonces. Hizo desaparecer su historial, no sé cómo...Cuando yo le conocí era una persona a simple vista muy maniática, con un comportamiento algo obsesivo, pero muy pacífico. Pero bajo esa apariencia había un ser que no aceptaba la situación. Fueron innumerables las fugas que protagonizó, lo acababan deteniendo y devolviéndolo al manicomio. En una ocasión fue él mismo quien, después de comer en un restaurante y no poder pagar, avisó para que le recogieran. No se sabe cómo se las ingeniaba para obtener llaves y salir.

JA ¿Qué fue de su vida después?

PR Cuando entré como cuidadora al IM, mi tío venía cada mañana a saludarme. No le gustaba que llevase pantalones ni minifalda, y argumentaba que no eran prendas femeninas...Cada día hacía el mismo comentario. En el IM empezó entonces una reforma radical. Los ingresados podían salir a la calle, acompañados de cuidadores y en muchos casos obtenían " el pase verde", que les permitía salir solos. Ese fue el caso de Antonio. Yo le acompañé a hacerse el DNI, con gran enfado de mi tía a la que molestaba ver a su hermano por Gràcia, el barrio donde ella seguía viviendo y a donde él acudía con frecuencia.

Mi tío ideó un sistema para tener dinero. Miraba en el diario las esquelas del día, y buscaba fallecidos de su generación y acudía y explicaba a las familias que había venido de lejos al enterarse y que ahora necesitaba dinero para volver... El caso es que a base de estratagemas de este tipo se dedicó a viajar por España a lugares de culto, el Pilar de Zaragoza, Santiago de Compostela, Sevilla...También fue al Ferrol, donde había nacido su padre...

Se había instalado en una pensión de Gràcia desde donde nos comunicarían su muerte. La dueña de la pensión no tuvo con él ningún problema; es más, mi tío le había regalado una televisión en color...Es evidente que a pesar de haber pasado tantos años de encierro sabia como mantenerse de manera autosuficiente. También me explicó él mismo que durante un tiempo había tenido una amiga del Raval y que solía invitarla a comer a ella y a su hijo. Realmente parece raro que pudiera tener dinero para todo eso.

Durante ese tiempo, cinco o seis años, venía a casa de mis padres en Navidad o celebraciones. Una de esas veces vino con dos pavos vivos como regalo para las fiestas. Mi madre casi se muere del susto, acabaron en la pollería del barrio...También en ese tiempo reivindicó alguna vez su derecho a una habitación en la casa.

Siempre me decía lo agradecido que estaba conmigo, me llamaba su benefactora e incluso me regaló un anillo de oro con mucha ilusión. Yo me pregunto si realmente sacaba sólo el dinero a base de dar sablazos...Si fue así era un maestro.


Pero la suya fue una vida desgraciada.


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Los comentarios sobran. El relato de Pepa es tan revelador que no parece necesario añadir nada. Probablemente cada uno de los lectores habrá reaccionado a ese uso de la psiquiatría tan foucaultiano. A muchos ya nos indignó suficientemente en su momento, y nuestra historia profesional es deudora de tales desvíos y desvaríos.



Simplemente gracias, Pepa.



Referencias
Comelles, J.M. (2006). Stultifera navis: la locura, el poder y la ciudad. Lleida: Milenio.












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